“El silencio interior y la felicidad” por Yogananda

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En el templo del silencio,

En el templo de la paz,

Te encontraré, te sentiré, te amaré.

Y al altar de mi paz Tú vendrás.

En el templo del samadhi,

En el templo de la dicha,

Te encontraré, te sentiré, te amaré.

Y al altar de mi dicha Tu vendrás.

Al disiparse los pensamientos inquietos, la mente se convierte de inmediato en un sagrado templo de paz. Dios insinúa su presencia en el templo del silencio y luego en el templo de la paz. El devoto le conoce primero como la paz que fluye de aquel estado mental en que todos los pensamientos se han transformado en sentimiento intuitivo puro; con el amor de su corazón, conmueve al Señor y le siente como gozo; su amor puro persuade a Dios para que se manifieste en el altar de su percepción de la paz. A medida que avanza, el devoto es consciente de Dios no sólo en la meditación, sino que le mantiene en todo momento en el altar de paz de su corazón.

Le atañe al hombre como alma practicar ese silencio interior y encontrar a Dios ahora. Mientras emplea sus sentidos en el cumplimiento de las exigencias de la vida diaria, el devoto conserva dentro de su conciencia este pensamiento: “Estoy sentado en el trono de paz del silencio interior”. En medio de la actividad, permanece en un estado de recogimiento interno: “Soy el dios del silencio sentado en el trono de cada acción”. Su ecuanimidad no se ve afectada por sentimientos ingobernables: “Soy el príncipe del silencio sentado en el trono del equilibrio”. Su verdadero Ser, en perfecta armonía con la eternidad, en la vida y en la muerte, expresa con júbilo: “Soy el soberano de la inmortalidad que reina en el trono del silencio. La destrucción del cuerpo, las ofensas del engaño infligidas al alma, los imperativos de la inquietud y las tribulaciones de la vida no son más que dramas que estoy representando y contemplando como un divino entretenimiento. Tal vez actúe por cierto tiempo, pero siempre, desde el refugio de mi silencio interior, observo con el calmado gozo de la inmortalidad el desarrollo del guión de la vida”.

Si durante la práctica de la meditación el devoto llama una y otra vez a las puertas del silencio, Dios responderá: “Entra. Te hablé en susurro a través de todos los disfraces de la naturaleza y ahora te digo: soy el Gozo, la Fuente viviente del Gozo. Báñate en mis aguas- lava con esas aguas tus hábitos y purifícate de todo temor-. Forjé un bello sueño para ti; mas, hijo mío, hiciste de él una pesadilla”. Dios no desea que sus hijos continúen siendo hijos pródigos, sino que representen sus papeles en la vida como inmortales, a fin de que al abandonar el escenario de esta tierra pueden decir: “Padre, fue un hermoso espectáculo, pero ahora estoy listo para regresar a mi Hogar”.

Es un pecado contra la naturaleza divina del alma pensar que no existe la posibilidad de ser feliz, y abandonar toda esperanza de hallar la paz; hay que desenmascarar estos pensamientos. La felicidad y la paz infinitas están siempre al alcance de la mano, justo detrás de la cortina de ignorancia del hombre. ¿Cómo sería posible que le fuera vedado por siempre a un ser humano el acceso al reino de Dios, si ese divino reino se halla precisamente dentro de él? Lo único que debe hacer es darle la espalda a la oscuridad del mal y seguir la luz de la bondad.

La felicidad se encuentra tan próxima a nosotros como nuestro propio Ser; no se trata siquiera de alcanzarla, sino sólo de levantar el velo de la ignorancia que envuelve al alma. La palabra misma “alcanzar” implica algo que uno desea pero que no posee, lo cual es un error metafísico. La dicha es el divino e irrevocable derecho de nacimiento de cada alma. Rasga ese velo que se interpone entre tú y Dios, y experimentarás de inmediato el contacto con la suprema felicidad. El Espíritu es felicidad. El alma es el reflejo puro del Espíritu. El ser humano apegado al cuerpo no puede percibir esta verdad, porque su conciencia está distorsionada: el lago de su mente se agita sin cesar por la invasión de pensamientos y emociones.

Aquel que haya dentro de sí el “amparo del Altísimo” permanece envuelto en la felicidad suprema y la seguridad divina. Ya sea que se encuentre rodeado de amigos, o esté durmiendo o trabajando, reserva ese sitio exclusivamente para Dios. Con la conciencia centrada en el Señor, ve descorrerse de súbito los velos concéntricos de maya; henchido de gozo, el devoto comprueba que Dios juega con él al escondite en los capullos de las flores; ve que las estrellas brillan con Luz aún más resplandeciente y que el cielo sonríe con la inmensidad del Infinito. Cuando sus ojos se hallan espiritualmente abiertos, el devoto contempla que los ojos del Infinito le observan a través de todas las miradas. En el fondo de todos los amores humanos, siente el supremo amor de Dios. ¡Cuán maravillosa se torna la existencia cuando todos los disfraces de Dios quedan a un lado y el devoto se encuentra cara a cara con el Infinito, en la bienaventurada unidad de la comunión divina!

Permanece por siempre embriagado con el Ser Divino y permite que la ola de tu conciencia repose en todo momento en el seno del Océano Eterno. Cuando uno patalea y chapotea en el agua, no es muy consciente del océano, sino más bien del esfuerzo que está realizando. Por el contrario, cuando uno se entrega y se relaja, el cuerpo flota y, en tal estado, siente que el mar entero lo acaricia. Ese es el modo en que el devoto que se halla en calma percibe a Dios: siente que el universo entero de la Divina Felicidad se mece suavemente bajo su conciencia.

El Reino de Dios está dentro de ti; El está dentro de ti. En el fondo de tus percepciones, de tus pensamientos, de tus sentimientos, justo allí se encuentra El. Cada partícula de alimento que ingieres y cada soplo de aire que inhalas es Dios. No vives gracias a los alimentos ni al oxígeno, sino gracias a la Palabra Cósmica de Dios. Todos los poderes que utilizas, ya sean mentales o de acción, los has recibido de Dios. Piensa en El todo el tiempo-antes de actuar, mientras llevas a cabo tus actividades y una vez que las hayas finalizado-. Al cumplir con tus responsabilidades hacia los demás, recuerda sobre todas las cosas tu deber hacia Dios, sin cuyo poder delegado en ti no te sería posible cumplir con responsabilidad alguna. Percíbele oculto en los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Siente su energía en los brazos, las piernas y los piés. Siéntele como vitalidad en cada exhalación o inhalación. Siente su poder en tu voluntad, su sabiduría en tu cerebro, su amor en tu corazón. Dondequiera que percibas conscientemente la presencia de Dios, se desvanecerá la ignorancia mortal.

 

Extracto del libro de Paramahansa Yogananda “El Yoga de Jesús”

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