“Entregarse” por Hermann Hesse

Porque no hay nada en el mundo en lo que crea más profundamente, ni un concepto más sagrado para mí que la de la unidad divina y de que todo sufrimiento, todo el mal reside en que los individuos ya no nos consideramos una parte indivisible del Todo y concedamos excesiva importancia al Yo.

Yo habría experimentado mucho dolor en mi vida, cometido muchos errores, caído en muchas necedades y amarguras, pero una y otra vez había conseguido liberarme, olvidar mi Yo y entregarme, sentir la unidad, reconocer como ilusión la discrepancia entre lo interno y lo externo, entre el Yo y el mundo, y ceder a la unidad voluntariamente y con los ojos cerrados. Nunca me había resultado fácil, nadie podía estar peor dotado que yo para la santidad; pero a pesar de ello siempre había acabado encontrando aquel milagro que los teólogos cristianos han dado el hermoso nombre de “gracia”, esa divina experiencia de la reconciliación, de la no resistencia, del consenso voluntario, que no es otra cosa que la entrega cristiana del Yo o el reconocimiento hindú de la unidad.

Y ahora, por desgracia, yo volvía a estar totalmente alejado de la Unidad, era un Yo aislado, doliente, abominante y hostil. También lo eran otros, ciertamente, en esto no me hallaba solo, había multitud de personas cuya vida entera era una lucha, una belicosa afirmación del Yo contra el mundo circundante, para quienes la idea de la unidad, del amor, de la armonía era desconocida y de conocerla la hubieran considerado absurda y disparatada; sí, la religión media del hombre en la práctica consistía en una exaltación del Yo y de su lucha.

Pero sentirse bien en este aislamiento del Yo y en esta lucha sólo era posible para los ingenuos, los seres primitivos fuertes e intactos; para el hombre culto, para el que ha visto a través del sufrimiento y se ha diferenciado sufriendo, estaba prohibido encontrar la felicidad en esta lucha, para él la felicidad sólo es concebible en la entrega del Yo, en la experiencia de la unidad. ¡Ay, existían ciertamente los ingenuos que podían amarse a sí mismos y odiara sus enemigos, los patriotas que nunca necesitaron dudar de si mismo porque en todos los males y miserias de su país ellos jamás tuvieron la culpa, sino, naturalmente la tuvieron otros la culpa, un enemigo! Tal vez estos hombres, nueve de cada diez, eran realmente felices en su primitiva religión, tal vez vivían envidiablemente alegres bajo su coraza de estupidez o de prudente resistencia a pensar, porque, ¿Dónde encontrar una medida común para la felicidad de esos hombres y la mía, para sus sufrimientos y los míos?

Extracto del libro “En el balneario” de Hermann Hesse

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