“Vivimos vidas que no son las nuestras.” por Pablo d’Ors

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Vivimos vidas que no son las nuestras. Respondemos a interrogantes que nadie nos ha formulado. Nos quejamos de enfermedades que no padecemos. Aspiramos a ideales ajenos y soñamos los sueños de otros. No hay exageración, es así: casi todos nuestros proyectos de felicidad son quiméricos. Las ideas que decimos acariciar no son nuestras. Nuestras aspiraciones son de nuestros padres, y hasta nos enamoramos de personas que en verdad no nos gustan.

¿Qué nos ha pasado parra sucumbir a semejante impostura?

Persigo algo que en el fondo no deseo. Lucho por algo que me es indiferente. Tengo una casa intercambiable con la de mi vecino. Hago un viaje y no veo nada. Me voy de vacaciones y no descanso. Leo un libro y no me entero. Escucho una frase y soy incapaz de repetirla.

¿Cómo es posible que no me conmueva ante un necesitado, que no responda cuando me preguntan, que siempre mire hacia otra parte y que no esté donde de hecho estoy?

Ante esta absurda situación, yo voy a pararme, voy a pensar, a respirar y a nacer, si es posible, por segunda vez.

No estoy dispuesto a no bailar si suena la flauta, o a no comer si me ofrecen un manjar, o almacenar para mañana cuando hay quien no tiene para hoy. Tampoco estoy dispuesto a creerme el ombligo del mundo, ni a suponer que lo mío es mejor, ni a martirizarme con problemas diminutos o dolores imaginarios.

Resulta lamentable haber llegado a este punto de inconsciencia, de idiotez, a este punto de insensibilidad, a este extremo de avaricia, de soberbia, de pereza… El mundo no es un pastel que yo me tenga que comer. El otro no es un objeto que yo puedo utilizar. La Tierra no es un planeta preparado para que yo lo explote. Yo no soy un monstruo depredador. Por eso he decidido ponerme en pie y abrir los ojos.

He decidido comer y beber con moderación, dormir lo necesario, escribir únicamente lo que contribuya a hacer mejores a quienes lo lean, abstenerme de la codicia y no compararme jamás con mis semejantes. También he decidido regar mis plantas y cuidar de un animal. Visitaré los enfermos, conversaré con los solitarios y no dejaré que pase mucho tiempo sin jugar con un niño.

De igual modo he decidido recitar mis oraciones todos los días, postrarme varias veces ante lo que considero sagrado, celebrar la eucaristía: escuchar la palabra, partir el pan y repartir el vino, dar la Paz. Cantar al unísono. Y pasear, que para mí es fundamental. Y encender la chimenea, lo que es también fundamental. Y hacer la compra sin prisa; saludar a los vecinos, aunque no me guste su cara; llevar un diario; llamar regularmente por teléfono a mis amigos y hermanos. Y hacer excursiones, y bañarme en el mar una vez al año, y leer solo buenos libros, o releer los que me han gustado.

La meditación – ¿o debería decir simplemente la madurez? – me ha enseñado a apreciar lo ordinario, lo elemental. Viviré por ello desde la ética de la atención y el cuidado. Y llegaré así a una feliz ancianidad, desde donde contemplaré, humilde y orgulloso a un tiempo, el pequeño y gran huerto que he cultivado. La vida como culto, cultura y cultivo.

Texto extraído del libro “Biografía del silencio” de Pablo d’Ors.

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