“El intento de controlar este momento” Jeff Foster

Un hombre me hablaba una vez del problema que tenía para controlar su ira cuando estaba con sus hijos. Decía que aquella ira era como un volcán, que entraba en erupción sin motivo aparente en el momento menos pensado. Volvía a casa del trabajo, cansado, después de un largo día en la oficina, y encontraba a sus hijos chillando, corriendo de un lado para otro, poniéndolo todo patas arriba. Él hacía todo lo posible por calmarlos, por hacer que se comportaran; probaba todas las tácticas que había aprendido a lo largo de los años: hablarles con suavidad, razonar con ellos, ignorarlos, estar «presente», ser firme, ser «espiritual» con ellos, ofrecerles una recompensa, castigarlos… Pero nada funcionaba. Sencillamente, no le escuchaban, y él empezaba entonces a sentir cómo borboteaba la ira en su interior. Intentaba desesperadamente mantenerla a raya; trataba de contenerla, aceptarla, amarla, dejarla existir, trascenderla, «ser consciente de ella sin elección», reprimirla, «ser» ella, pero acababa siempre por explotar, daba igual lo que hiciera o no hiciera. Y entonces se encontraba de pronto fuera de sí, chillándoles, insultándolos, diciéndoles cosas que en realidad no sentía, comportándose de un modo que luego tendría que lamentar. La ira parecía estar totalmente fuera de su control.

¿Te suena? ¿Te sorprendes a veces reaccionando de manera incomprensible, con tus hijos, tu pareja, tus padres, tu madre, tus amigos?

Recuerda que todos los ejemplos de este libro debes aplicarlos a ti. En el instante que lees cada ejemplo, vete directamente a tu propia experiencia y descubre el aspecto de tu vida en el que tiene relevancia.

Este hombre había ido a ver a varios maestros espirituales, les había contado su problema, y ellos le habían dado respuestas del tipo de: «Elige no enfurecerte», «No está en tu mano elegir que la ira surja o no» o «Solo hay Unidad. Todo es igual, luego no importa si te enfureces o no con tus hijos. No hay una entidad aparte que se enfurezca». Estas ideas le reportaron cierto alivio temporal, pero no pusieron fin a su sufrimiento. Había conseguido entender que, en última instancia, las explosiones de ira simplemente formaban parte de la vida y tenían su lugar, pero eso no impedía que sucedieran ni ponía fin a su sufrimiento al respecto. La ira aparecía, dijeran lo que dijeran las enseñanzas espirituales, y estaba destruyendo su relación con las personas a las que más quería. Ninguno de los conceptos espirituales del mundo parecía llegar a la raíz de su problema. Sintió que no había nada que hacer, y tuvo que aprender a tolerarla.

Le pregunté qué buscaba en aquella situación, y no supo responder. Tenía la sensación de que las explosiones de ira le ocurrían, sin más; no entendía qué relación podían tener con la búsqueda de integridad ni que significaran que su ser estaba en guerra con la experiencia presente. No consideraba que buscara nada. No buscaba la iluminación. No buscaba fama ni riquezas. A su entender, lo único que hacía era responder a una situación, muy difícil, lo mejor que podía.

A veces, para encontrar la búsqueda en una situación, hace falta pararse, respirar hondo y mirar con lupa la experiencia presente. El hombre y yo empezamos a examinar su experiencia y, tras una investigación muy sencilla y sincera, pronto estuvo claro que era mucho lo que ocurría durante los breves momentos que tardaba en pasar, de pedir educadamente a sus hijos que se tranquilizaran a explotar lleno de ira.

Cuando veía a sus hijos chillar y vociferar, afloraban en él todo tipo de pensamientos y sentimientos inquietantes…, sentimientos sobre su incompetencia como padre y su impotencia frente a la situación: «¿Qué me pasa? ¿Cómo es que no puedo controlarlos? Soy un hombre hecho y derecho…, debería ser capaz de dominar la situación. Pero no puedo. Estoy fracasando como padre y como hombre». Aparecían sentimientos de intensa frustración, y luego de desesperación e indefensión absoluta, y aquellos sentimientos se apoderaban de él por completo. El hombre adulto empezaba a sentirse como un niño indefenso, y no como el padre fuerte y maduro que quería ver en sí mismo. Sentía como si su identidad entera se desmoronara, y le invadía una especie de pánico existencial. Era casi como si se enfrentara a su propia muerte física; de hecho, se enfrentaba a la muerte de su imagen personal de figura paterna fuerte y madura, a la muerte de quien pensaba que era, de quien pensaba que debía ser en aquel momento, de quien los demás pensaban que era. Se enfrentaba a la muerte de la imagen de sí mismo con la que había vivido, la imagen que había estado proyectando en el mundo. Y aquella confrontación la provocaba el simple hecho de que sus hijos fueran un poco escandalosos.

A causa de la indefensión, la impotencia y el pánico, sentía la necesidad irrefrenable de arremeter contra ellos. A causa de la debilidad, quería volver a sentirse fuerte. Había algo en él que no quería sentirse impotente e incapaz de controlar la situación…, ¡menos aún en presencia de sus hijos!

Cuando te sientes totalmente impotente e incapaz de controlar el momento, empezar a gritar y hacer una demostración de poder pueden resultar un alivio, aunque solo temporal. Atacar a otro ser humano es una manera perfecta de distraerte de tus sentimientos profundamente perturbadores…, sentimientos que no quieres permitir que existan en ti. Normalmente, cuando más impotentes nos sentimos (y no somos capaces de percibir nuestra impotencia ni de admitir, ni admitir ante otros, que nos sentimos así) es cuando nos volvemos más irracionales, más violentos, y a veces acabamos haciendo daño a quienes más queremos. En vez de permitirnos sentir el daño que nos hace la situación, hacemos daño a otros; y luego les echamos la culpa, les decimos que se merecían lo que han recibido, que fueron ellos los que provocaron la explosión, que fueron ellos los que nos hicieron perder el control. Y finalmente, si hemos incorporado a nuestro saber conceptos de no dualidad, ¡les decimos que no tuvimos elección!

En determinado momento de su vida, este hombre aprendió –como la mayoría de nosotros– que ciertos sentimientos, como la indefensión y la impotencia, no están bien. No está bien ser incapaz de controlar el momento. No está bien ser débil. Asociamos sentimientos como la indefensión, con la falta de seguridad, con el peligro, con no sentirse querido o aceptado, y, en última instancia, con la muerte. Para mucha gente, el sentimiento de indefensión es algo que se ha de evitar a toda costa. Mucho de nuestro sufrimiento proviene de la profunda falta de aceptación de sentimientos de indefensión, impotencia, debilidad, inseguridad e incertidumbre ante el momento.

Probablemente todo nuestro sufrimiento podría reducirse a: Quiero controlar este momento, ¡pero no puedo!

Tal vez este hombre no buscara la iluminación, ni fama, ni gloria, pero, en el momento, era un buscador desesperado. Buscaba urgentemente la manera de controlar y rehuir los sentimientos de debilidad e impotencia frente a la vida. En el momento, se convertía en un buscador de poder, de control y, en última instancia, de amor. Buscaba un modo de escapar de lo que sentía, y pegar a sus hijos le proporcionaba, por un momento, esa vía de escape, la liberación que ansiaba.

Superficialmente, parecía tan solo un padre incapaz de controlar su ira ante las travesuras de sus hijos. Pero cuando uno examina lo que sentía en realidad, ve a alguien que se siente absolutamente frustrado, alguien que se siente un completo imbécil, un fracasado como padre y como hombre, impotente, indefenso y débil, y que busca desesperadamente una manera de salir de semejante aprieto. Y ve a alguien que es incapaz de admitir nada de esto, ni a sí mismo ni ante sus hijos. Por debajo de nuestra cólera, siempre encontraremos un dolor o impotencia no aceptados.

Hasta que se dio cuenta de verdad de la búsqueda que había dentro de aquella experiencia, el hombre tenía la impresión de que su sufrimiento era algo que simplemente le ocurría…, de que era una víctima indefensa de la vida, de que quizá estaba genéticamente programado para enfurecerse o de que la respuesta que daba a sus hijos estaba cósmicamente predestinada, de algún modo, y no había por tanto esperanza de que nada cambiara. Sin embargo, al sacar la búsqueda a la luz, como hizo, pudo ver con claridad exactamente por qué sufría y cómo se creaba ese sufrimiento. Sencillamente, no se permitía a sí mismo sentir lo que sentía en el momento. No se permitía sentirse perdido e indefenso, ni siquiera por un momento. No era capaz de percibir la profunda aceptación que había en su experiencia presente de indefensión.

Al ver finalmente de qué escapaba (de la indefensión), se dio cuenta automáticamente de que ya no necesitaba escapar de ella…, de que no sucedía nada por sentirse indefenso, de que el sentimiento de indefensión, en aquel momento, se podía aceptar totalmente. (Más adelante hablaré sobre cómo y por qué es posible aceptar incluso los sentimientos aparentemente más negativos.) El problema era que nunca se había permitido sentirse verdaderamente indefenso, ni siquiera por un momento (y es seguro que alguna vez tendremos que afrontar un momento de indefensión); siempre había dado por hecho que no estaba bien sentirse así. Al comprobar que estaba perfectamente bien sentirse indefenso, en este momento, y que había incluso una extraña alegría y paz en medio de la indefensión, dejó de sentir la necesidad imperiosa de escapar.

Aceptar su sentimiento de indefensión significaba que ya no era una víctima de la vida. La indefensión ya no tenía dominio sobre él, porque ahora estaba permitido que el sentimiento apareciera y desapareciera en él. Y lo que descubrió fue que, al permitirse finalmente sentirse débil e indefenso –totalmente indefenso–, se sentía menos indefenso y con más control de sí mismo que nunca. La fuerza no es lo opuesto de la debilidad. La verdadera fuerza reside en abrazar la debilidad por completo. (Veremos más adelante cómo, en verdad, no hay opuestos en la experiencia presente.)

Cuando ves lo que buscas, y cuando ves que aquello de lo que intentas escapar está perfectamente bien, ese reconocimiento es, en sí mismo, el final de la búsqueda. Ver es el final de la búsqueda. Y no hay un siguiente paso. No se necesita ningún método.

Más adelante explicaré con más detalle cómo, en cada momento, todas las distintas partes de tu experiencia presente ya han sido profundamente aceptadas. Pero, por ahora, solo quiero indicar que en toda experiencia de sufrimiento, cuando dejas de enfocar toda tu atención en los detalles de la situación, en el relato de lo que está sucediendo, en las circunstancias externas y vuelves realmente a la experiencia presente –a los pensamientos, sentimientos y sensaciones corporales presentes–, siempre encontrarás la búsqueda, incluso aunque esa búsqueda esté actuando de maneras muy sutiles. Siempre encontrarás que hay algo que no te permites experimentar plenamente, algo que inocentemente intenta expresarse en ti, pero que choca de frente con el miedo y la resistencia. Siempre encontrarás una invitación a aceptar profundamente este momento, por muy inaceptable que parezca.

Texto extraído del libro de Jeff Foster – La más profunda aceptación

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