Todo obra para nuestro bien

el

En los tiempos antiguos, había un puerto muy concurrido desde donde partían embarcaciones hacia distintas partes del mundo. En aquel lugar había una pequeña capilla para que los viajeros realizaran oraciones y se encomendaran a Dios. Era muy sencilla, tenía una imagen de Jesús bendiciendo y algunas flores.

Hasta allí llegó un señor muy devoto y al ver a Jesús quedó conmovido por su sacrificio de amor por la humanidad. Entonces, comenzó a orar fervientemente para que le permitiera, por unos momentos, ocupar su lugar en el altar y aliviar su trabajo. Fue tan sincera su oración que el mismo Señor descendió del altar y le dijo: “Voy a conceder tu deseo, ocuparás mi lugar, pero con la única condición de que pase lo que pase no harás nada, no tomarás acción alguna, de ninguna manera intervendrás con las personas que vienen a orar”.

El hombre aceptó la condición y seguidamente el Señor lo colocó en el altar, asumiendo su forma y comenzando a escuchar las oraciones de las personas. Al rato, entró en la capilla un viajero, el cual se dirigía a tierras lejanas, y casi junto con él, un ladrón, el cual trataría de robarle su dinero. El hombre se ensimismó en su oración y el ladrón, muy cauteloso y hábil, se acercó a él para robarle. El devoto que ocupaba el sitio de Jesús no encontraba qué hacer, no podía permitir que aquello ocurriese, estaba inquieto, molesto. Al final, el ladrón estuvo tan cerca que hábilmente pudo entrar la mano en las ropas del viajero y sacar el dinero. El devoto ya no pudo más y gritó: “Te roba tu dinero, no se lo permitas”. El viajero, asombrado al ver a Jesús hablándole, pudo agarrar la mano del ladrón y éste salió despavorido corriendo. Entonces, el viajero, entre sorprendido y agradecido, salió de la capilla y se embarcó en su viaje.

Seguidamente, el Señor Jesús se presentó al devoto y le dijo: “Baja de ahí, no sirves para el trabajo, te dije que no intervinieras”. El devoto replicó: “Señor, ¿cómo podía dejar que robaran a ese buen hombre? No hubiera sido justo”. “Tu falta de entrega y fe te confunde, – señaló el Señor – ahora mismo el barco en el que ese hombre viaja ha naufragado y todos han muerto, si el ladrón le hubiera robado, no hubiera tenido dinero para embarcarse y se hubiera salvado, tienes que aprender a comprender mis designios”.

La Consciencia Universal, Dios, lo sabe todo, está en todas partes. Algunas veces, en nuestras vidas ocurren situaciones que no comprendemos, entonces, es mejor fluir, entregar, ya habrá una razón poderosa por la cual ocurre. Todo obra para nuestro bien.

Texto extraído del libro “Jesucristo: Un acercamiento práctico” de Jaime Antonio Marizán

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s